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Un Acto Sagrado

Un Acto Sagrado

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Los tiempos son difíciles, qué duda cabe. Como en las profecías apocalípticas los males llegan con confusión y con líderes débiles o destemplados. Quienes deben conducirnos nos han abandonado. Las luchas populares solo incrementan el desorden y parece que debemos repetir con el poeta que “la vida no es buena, ni noble, ni sagrada”. Todos nos erigimos en jueces y todos somos condenados. La política está mala y cuando las instituciones fallan viene el desbarajuste, acompañado de angustia y de pobreza. La pandemia y la inestabilidad social nos ha llegado en el peor momento y, sin embargo, este domingo iremos a votar y no por poco.

Daniel Innerarity, nos recordaba el pasado fin de semana, desde su columna en La Vanguardia, que los males de la democracia no surgen por culpa de los representantes ni tampoco de los electores, al menos no completamente, y que en política debemos sospechar de aquellos que solo ven en uno de estos grupos a los responsables de todos nuestros problemas.

Pues bien, si no son unos u otros los causantes de los tropiezos de la democracia ¿de dónde vienen entonces estos defectos del sistema?

El Filósofo Vasco nos propone una respuesta a este dilema, “La verdadera solución pasa a mi juicio por el diseño institucional y las condiciones sistémicas. La política no tiene los medios ni para designar a los mejores ni para hacernos sustancialmente mejores, pero si para configurar unas instituciones que dificulten ciertas prácticas estúpidas y posibiliten unas interacciones que nos hagan colectivamente más inteligentes sin necesidad de que seamos demasiado listos. “

De ahí la importancia de una buena Constitución, la primera piedra del diseño institucional sobre la que se construirá todo lo demás. Por eso, como repiten casi todos, es más importante que nunca el ir a votar. Y también, quizás, porque la democracia si tiene un momento sagrado, un momento en el que se hacen simultanea y conjuntamente responsables del destino de un país, tanto los políticos como los ciudadanos, ese momento son las elecciones.

La expresión sagrado remite a la divinidad, pero hay una segunda acepción que responde al sentido con que utilizo esta palabra: “Que merece un respeto excepcional y no puede ser ofendido”. El prestigio de nuestras instituciones bordea el suelo. Pero la inmensa mayoría concurre a este acto electoral reconociéndole legitimidad y por lo tanto poder.

Estas elecciones representan la “democracia formal” si se quiere, pero son precisamente esas formas las que respetamos y compartimos. De estas, saldrá un nuevo mandato para las instituciones políticas hoy desvencijadas o caducas. De ella, surgirá una nueva etapa, en la que chilenos y chilenas nos demos una nueva oportunidad.

Gustavo Paulsen B. | Director Revista ChileLocal